Un sueño largo y salado

- Las salineras de Cáhuil, cerca de Pichilemu, se preparan para un salto mayor.





Parecía un oficio destinado a morir y el terremoto pudo poner la lápida, pero el esfuerzo de hombres como Juan y Eugenio Moraga se han encargado de mantener vivo todo aquello que aprendieron de su padre, hace ya más de cuatro décadas, para producir sal siguiendo los ritmos y los vaivenes del sol y la lluvia, en unos cuadrados que conforman lo que él llama con familiaridad "cuarteles". Su negocio y su vida se desarrolla en la silenciosa localidad de Cáhuil, a unos pocos kilómetros del balneario de Pichilemu.

De sol a sombra, estos hermanos se equilibran en angostas fajas de tierra que separaran los distintos cuadrados en que se desarrolla su tarea. Pala en mano y a pie descalzo sacan barro, lo depositan en una carretilla, una y otra vez en una faena que parece jamás terminar.

Don Juan sabe que su oficio tiene algo de magia. Desde recibir las aguas cargadas de partículas de sal que viene del mar hasta envasar los sacos de un mineral blanco como la nieve que hoy se usa no sólo para cocinar sino también como sales de baño, aromatizadas con secretas mezclas se hierbas que prometen un descanso reparador y la mejoría de algunas enfermedades.
Y como si la sal blanca que todos utilizamos en nuestra cocina no bastara, los artesanos de este antiguo oficio se esmeran en conseguir nuevas mezclas que aporten valor agregado a su producto. Así, hoy venden sal con merquén, con orégano y otras hierbas que contribuyen a hacer de la sal un producto gourmet.
Pero todo esto es ahora, después de que los hermanos Moraga y decenas de otros productores de sal de Cáhuil se sintieran derrotados y abatidos por el terremoto de febrero del 2010 y el tsunami que le siguió asolara sus cuarteles productivos y que las aguas arrasaran con toda la producción.
Hubo muchos que debieron buscar otros empleos para llevar el sustento a sus familias y otros tantos que nunca retomaron el oficio que aprendieron de sus antepasados. No fue el caso de Juan y Eugenio, quienes codo a codo y con el apoyo del gobierno regional han tomado un nuevo aire. No están solos. También ha contribuido a hacer visible su trabajo el esfuerzo de un grupo de jóvenes profesionales que ganó un Fondart para abrir el expediente que hace de las salinas de Cáhuil un monumento histórico y la decisión del Consejo de la Cultura y las Artes de reconocer el oficio como un Tesoro Humano Vivo. Esta declaración les ha permitido a los Moraga y a los que como ellos trabajan en la sal obtener recursos gubernamentales y de la empresa privada para mantener a salvo esta actividad.
Juan Moraga no se cansa ni cuando relata el largo proceso que debe realizar para obtener los aproximadamente 10 mil kilos de sal que cada parcela produce. "Es una técnica muy antigua, que va pasando de padres a hijos y que solo involucra agua y trabajo duro", dice preparándose para el detalle. "El agua viene del mar a la laguna de Cáhuil, desde ahí la traemos al corral y del corral, a través de una compuerta de madera, pasa a la cocedora", explica. La cocedora no es una máquina si no uno de esos misteriosos cuadrados que se observan desde el camino. Y Juan Moraga sigue: "De la cocedora pasa a la sancochadora, de ahí a la recocedora. Es ahí donde el agua se evapora y comienza el cuaje". Para terminar este largo proceso, los salineros deben preparar el cuartel -otro de los cuadrados de tierra- sacando todo resto de agua, apisonarlo y rasparlo para permitir que allí se termine de secar la sal que luego volverá sabrosa nuestra comida o más relajante nuestro baño de tina.